Ciudad de México, 23 de noviembre de 2024. – Bajo un cielo que alternaba entre nubes grises y destellos de sol, el Zócalo de la Ciudad de México se transformó una vez más en el epicentro de una tradición centenaria. El jueves 20 de noviembre, miles de espectadores –estimados en más de 100,000 según reportes iniciales de medios locales– se congregaron para presenciar el desfile cívico-militar conmemorativo del 114 aniversario de la Revolución Mexicana, un evento que no solo rinde homenaje a un pasado turbulento, sino que refleja las tensiones del presente en una metrópoli de ritmos acelerados.
Encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien izó la bandera monumental en Palacio Nacional antes de dar paso al contingente, el desfile fluyó desde el corazón histórico hasta el Campo Marte, adaptándose a las demandas de seguridad y movilidad en una CDMX cada vez más congestionada.
El significado del 20 de noviembre se ancla en el estallido de 1910, cuando Francisco I. Madero, con su Plan de San Luis, convocó a un levantamiento armado contra la dictadura de Porfirio Díaz, que había perpetuado desigualdades sociales y un autoritarismo asfixiante por más de tres décadas. Esta Revolución no fue un mero conflicto bélico –que cobró alrededor de un millón de vidas entre 1910 y 1920–, sino un movimiento transformador que impulsó reformas agrarias, laborales y educativas, culminando en la Constitución de 1917, la primera en el mundo en reconocer derechos sociales como el trabajo digno y la educación laica.
Institucionalizado como día festivo en 1936 por el presidente Lázaro Cárdenas, el desfile se erigió como un símbolo de unidad nacional, fusionando el orgullo patrio con una exhibición de fuerza y disciplina que recuerda las batallas por la soberanía y la justicia social.
En su desarrollo actual, el desfile de 2024 desplegó un mosaico de elementos simbólicos que honran esa herencia con un toque contemporáneo. Abrió con una réplica del tren revolucionario, evocando los ferrocarriles que transportaron tropas y suministros durante la gesta, y destacando el rol pivotal de las adelitas –mujeres soldado que representaron el 30% de los participantes femeninos en esta edición, un guiño a la igualdad de género en las Fuerzas Armadas. Siguió un contingente de caballería con 503 caballos, uniformes históricos que evolucionan desde los tricornios porfirianos hasta los chalecos tácticos modernos, y carros alegóricos recreando hitos clave: el Plan de San Luis con su llamado a la democracia, la Marcha de la Lealtad de Pancho Villa, y la promulgación de la Constitución con sus artículos emblemáticos como el (educación gratuita) y el 123 (derechos laborales). No faltaron toques aéreos con 23 aeronaves pintando el cielo en tricolor, ni elementos culturales como charros y danzantes indígenas, simbolizando la diversidad étnica que la Revolución buscó integrar. Tres águilas reales, liberadas al final, encarnaron la libertad y la patria indómita, mientras que 19 atletas destacados –desde medallistas olímpicos hasta promesas juveniles– cerraron el desfile, enfatizando valores de perseverancia y superación que trascienden lo militar.
A lo largo de su evolución, este ritual ha reflejado los vaivenes políticos y sociales de México, mejorando en inclusividad pero empeorando en accesibilidad urbana. Nacido en 1925 como un modesto desfile deportivo-militar bajo Plutarco Elías Calles, creció en esplendor durante el cardenismo de los 1930s, incorporando elementos folclóricos para exaltar la identidad nacional. En décadas posteriores, se expandió: en los 1950s y 1960s, bajo el PRI, se convirtió en un megaespectáculo con miles de participantes, pero enfrentó críticas por su costo –alrededor de 50 millones de pesos en ediciones recientes– y su énfasis militar en tiempos de paz.